jueves, 29 de noviembre de 2012

Stuttgart, Deutschland.

Stuttgart
15 de agosto de 2012
Un feriado en medio de la semana viene bárbaro. ¿Y  a dónde vamos? Y… vamos a Stuttgart que está a 250 kilómetros… uno kilómetros más, un kilómetro menos. La única precaución fue levantarse un poco más temprano, por la distancia.  Ya estaba impaciente cuando llegamos, así que empecé a sacar fotos desde el auto.  El 15 de agosto, es un feriado religioso y regional, es decir,  en Stuttgart es un día normal de trabajo mientras que en Saarbrücken está todo cerrado. Nos encontramos con un hormiguero de gente.

Ya con nuestros pies en la calle, nos dirigimos a Königstrasse la calle principal de compras y peatonal.  Encontramos el Rathaus (el ayuntamiento) donde le saqué fotos a Ger y a las nenas y pasamos a la “Schillerplatz” donde encontramos la iglesia “Stiftsckirche”.






En diagonal y siempre sobre la misma plaza, vemos el Landesmuseum Württemberg, pero sólo sacamos fotos aquí, porque cada vez que entramos a un museo mínimamente son 2 horas… y Estrellita quería ir a otro… que había visto.  

También hay otro museo de instrumentos musicales, y mientras investigaba… Germán sacó foto.

A la iglesia Stiftckirche le dimos la vuelta entera, hasta dar con la entrada… que por supuesto, hallamos en el último lateral que quedaba por ir.  En la entrada, otra fuente.

Y ya con las fotos de la iglesia, nos cruzamos al Landesmuseum Württemberg, para mirar su arquitectura en su interior.  El nivel de detalle de las esculturas es…muy alto.  Digamos que el caballo de la foto…es nene.

Al salir de allí, fuimos a la “Karls-Platz”. Donde más leones, y patriotas cuidan del lugar. En la vereda de enfrente ya vemos el “Neues Schloss” (el nuevo castillo) y en la inmensa plaza que lo guarda, hay un kiosco precioso de metal trabajado con sus mesas y sillas para sentarse a tomar algo…pero no había tiempo para eso.  ¡Había que buscar la oficina de turismo!   Desde allí, se ve gente descansando en el pasto y algunos con los pies en la fuente.  Otro día de calor veraniego.



Nuestro camino es por la peatonal, a medida que pasamos nos encontramos con más fuentes de agua…ya tenemos ganas de tirarnos de cabeza.  Y con nuestro plan de almorzar algo en Mc Donald para no demorarnos tanto…¡eran las 13 horas y ya sabíamos que no íbamos a poder ver todo! ¡Ah!
Llegamos a la oficina de turismo y frente a nosotros estaba la estación de tren que también merece unas fotos.  Pero nuestro plan para almorzar se desbarató, ya que no encontramos un Mc Donald ni un Burger King por ninguna parte…Decidimos entrar a un Shopping para ver si encontrábamos uno, pero fue inútil.  Encontramos una casa de tortas, panes y sándwiches y nos pareció que… (¿Entendible?) podría funcionar. Pero antes que nada: necesitaba ir al baño.  Eso sí había mucho: baños públicos en las veredas.  Unos cilindros en las esquinas, a los cuales Estrellita no se animó a ir; prefirió ir al del shopping.  Y acá sí que los baños del shopping son para los clientes; tuvimos que pagar 0.50 para usarlos.  Se supone que después tenés el descuento de los 0.50 en algún local del complejo…pero se ve que en la casa de sándwiches no…o por lo menos no lo aceptaron (sospecho que se aprovecharon de nuestra ignorancia, pero bue).

Volvimos a la plaza del castillo, porque había muchos escenarios para sacarse fotos.  Las fuentes y las estatuas de los leones, los ciervos son muy lindas. 

El castillo está conectado con un parque donde hay un pequeño lago.  La vista perfecta para el “Staatstheater” (teatro de la ciudad).  Desde ahí, se puede observar la torre de la antena de televisión, otra atracción del lugar ya que es el punto panorámico más alto de allí.

Y yo no sé qué está haciendo Maximiliano Guerra durante el año, excepto un día…el 23 de septiembre, cuando se estrene el “Don Quijote” en este teatro.

Llegamos por fin a la “Staatsgalerie Stuttgart”.  Esa es la galería de arte que quería visitar.  Tiene algunos cuadros de Piccaso y de Monet, entre otros.  Por supuesto, sacamos fotos de los que más nos gustaron.  El nivel de detalle con que pintaban en el siglo XVIII, XVII o incluso anteriores es impresionante: parecen fotos. Claro que también están los cuadros modernos…que a decir verdad me cuesta mucho disfrutar o apreciar, porque no los logro comprender.  Hay algunos, que se llaman por ejemplo, “composición de blanco, negro y azul” y son dibujos con formas irregulares pintados en esos colores.  O sino, también hay cuadros que están pintados en tres tonos de un mismo color, es decir tres franjas pintadas…y eso es todo el cuadro. Acá ya estaba más difícil leer las intenciones del artistas (por suerte en la mayoría había traducciones en inglés) porque 1° no me atraen ese tipo de obras; 2° ¡Estaba cansada! Entre tantas obras, tardamos un par de horitas en ver todo…ya eran las 17 horas y el resto de los museos estaban cerrando.  No llegamos a ver ni el de Mercedes Benz ni el de Porche. No alcanza el día.
Pero hay algo que no cierra tan temprano… ¡A la torre de televisión!  Y así buscamos el auto (no iba a caminar 4.3 kilómetros cuesta arriba) para llegar.  Eso significo cruzar la ciudad otra vez…pero eso hizo que nos encontráramos con otro monumento: un pedazo de muro de Berlín, pintado con los colores de Estados Unidos, indicando que de ese lado estabas en  el “Sector American”.  También pasamos por la “Staadbücherei” (biblioteca de la ciudad) y por fin el estacionamiento. 



Intenté sacar fotos desde el auto, pero salen bastante movidas…es que me gusta sacarle a las casas que voy mirando.  Parecen casas de muñecas con tantos detalles y colores.

Llegamos a la torre de televisión y pagamos nuestra entrada para subir los 150 metros.  Y acá Estrellita se mandó una macana…en su entusiasmo con ver otra máquina de monedas de colección, depositó una moneda equivocada (para mi defensa digo que las otras máquinas aceptan monedas de 50 cent, 1 euro y 2 euros hasta completar los 2 euros) y…trabó la máquina.  ¡¡¡Qué vergüenza!!!!!  ¿Estrellita qué mierda hiciste?  ¿Querés que nos deporten a todos?  ¡Bua bua!  Enseguida le avisamos al señor que vende los boletos para subir…y no dijo nada…o mejor dicho…”ok”… Me encogí de hombros y seguí mi camino al ascensor.  Parece que no era un problema tan grave.

En un  ascensor con capacidad para 16 personas subimos en 35 segundos y después allí estaba: la vista de toda la ciudad y sus alrededores.  El viento jodía un poco, hasta que de pronto decidí que no me jodiera  más (eso no significa que dejara de soplar) y disfruté de mirar  el horizonte tratando de imaginar las ciudades que están más allá de mi vista.  Mirando en dirección a Roma, a Madrid, a Londres…y quien sabe qué más.










Merzig, Deutschland.

Merzig
12 de agosto de 2012
El hecho de no tener televisor, ni almanaque a la vista, ni internet, o siquiera un diario (el cual entienda una palabra) le da vida a la frase “vivís en una burbuja” Seguramente, esta frase se puede extender…pero acá el perfume es a rosas, así que sólo es una burbuja.   Esto se refiere, a que casi no nos acordamos del día del niño (¡en Argentina!) ni las nenas, ni nosotros.  Por suerte, ya había teléfono y nos anoticiamos del acontecimiento.
Decidimos ir a Merzig para festejar.  Una pequeña ciudad, cuya atracción (de las principales) es una reserva de lobos.  A las chichas les encantan los animales y se nos ocurrió que podría ser divertido.

Esta vez, sin mapa y apenas con una descripción de un libro de Saarland (la región donde vivimos) nos dirigimos hacia allá. 
Llegamos antes del mediodía y la ciudad parecía estar desierta.  Inquietos por probar la nueva cámara de fotos (A los tres días de comprar la Nikon, la devolvimos.) intentamos llegar a la oficina de turismo por las indicaciones de vialidad.  Y llegamos sin problemas… a la oficina cerrada.  El domingo no se trabaja (ya es un parámetro de lo grande o no, que puede llegar a ser la ciudad).  Sin embargo, sacamos una foto al mapa enorme que estaba fuera y tratamos de guiarnos con eso.

A decir verdad, todos los  negocios estaban cerrados y los restaurants, cafés y otros similares recién abrían sus puertas.  Nuestras primeras fotos, son de la oficina de turismo, y de la “Stad Haus”.   Durante un tramo, esa calle se hace peatonal y también nos cruzamos con un city tour en bicicleta. En la Stad Haus, están marcados en el piso las direcciones de las principales ciudades y las distancias.  Por ejemplo París 320 km; Moskau 2190 km ; etc.

Continuando por la calleja, nos encontramos con un edificio (hoy perfumería) construido en el año 1907. Y llegamos a pequeños puentes de madera y metal, adornado por flores.  También hay unos cuantos patos…y en los restaurants de las orillas comienzan a llegar los primeros comensales. Gente muy mayor (muy, muy mayor!)

Nosotros tomamos más fotografías en la plaza “Gustav Regler Platz” (escritor alemán) encontrando entre sus árboles, pequeñas esculturas en vidrio.






Pasamos por un jardín de infantes (que confundimos con un edificio de departamentos) con su fachada toda vidriada, y adornado con varillas de madera…quizás fuera algún edificio ecológico de esos que alguna vez escuché nombrar.  La cosa es que cuando te acercás un poco más, ves las flores y mariposas de cartulina y las estampas de las manitos de los nenes en el vidrio. 

Entre cafés y eiscafés, encontramos un grafiti muy bueno que adorna todo un lateral del negocio.  ¡Premio y foto para eso también!

Volviendo a los edificios de cierta data, llegamos a la iglesia  y monasterio de San Peter.  A su alrededor hay jardines y las flores de los mismos son los que decoran el altar.  De tantas cosas que seguramente no me fijé en otras iglesias, esta vez me llamó la atención fue la tarima donde se hacen las lecturas, tallada en madera con la imagen de un águila, finísima.



Todo muy lindo, todo muy bello, pero nos fuimos al restaurant de enfrente…a probar una baguetes. Las chicas, pidieron lo seguro… (Aunque ya saben lo que le pasó a Seguro) es decir, jamón y queso pero adicionalmente una porción de papas fritas.  Germán, pidió una baguete de jamón, queso y ananá.  Estrellita… pidió “escalps… con lechuga y una salsa avinagrada” y recibió lo que pidió: una baguete con rodajas de salmón,  lechuga y una salsa con vinagre y pimienta. ¿Ven? Es exactamente lo que yo había pedido…no sé de qué se ríen.

Las chicas, casi que no pudieron con los sándwiches de 40 centímetros de largo… tuvimos que dar unas mordidas ahí.  Y la verdad es que estaban riquísimos, porque les habían dado un toque más de sabores.  Los panes estaban tostados, untados en manteca y quizás una pizca de azúcar.  Todo muy bueno. 
Con el estómago lleno, nos fuimos a ver lobos.  Cómo el parque está a 5 km del centro, regresamos por el auto. En el trayecto, le sacamos fotos a otra iglesia, en este caso evangélica (notamos que no están en el circuito turístico… seguimos sin saber por qué) y a una escultura de  un pequeño elefante de madera.
Antes de subir al auto, dimos una vuelta por el parque de enfrente.  Y para calmarnos un poquito nos fuimos a un spa…que no es lo que uno cree.  Es un lugar ensombrecido con muchos asientos, donde la gente se queda un rato largo quizás conversando con otros y mientras el agua salada  fluye y cae en forma de gotas de lluvia por las paredes cubiertas por una capa de cierta textura (como si fueran hojas de pino)…se supone que eso calma, reconforta, tranquiliza.  Pero como nosotros ya estábamos en ese estado de calma, confort y tranquilidad pensamos que no era necesario (…apenas pusieron un pie en el spa… estas tres criaturas se alejaron. Yo saqué foto… quiero documentar la huida.)




Hacía calor y los chiquitos jugaban en la fuente de agua…y nosotros, jugamos en los juegos! ¡Wiiiiiiiiiiiiiii!!!!!  Estrellita se subió a la calesita (esa que gira cuando le das con fuerza al volante del medio) con Germán y una de las mellizas.  La otra niña sacaba fotos.

Linda fue la sorpresa cuando después de unos minutos, el GPS nos indicó que la ruta calculada está cerrada por reparación.  Ah, Maldita!!!! Sin rendirnos todavía, decidimos hacer unos kilómetros más por la carretera esperando a que la Gallega del GPS recalculara otra ruta.  Así fue como nos fuimos unos 20 km, nos metimos en una calle de curvas y entramos a un pueblito que se terminó en un suspiro. Continuamos por la ruta y en medio del bosque asoma una escuela de tres pisos en colores anaranjados para desaparecer en la siguiente curva.  Cuarenta y tantos minutos dando vueltas para llegar al mismo punto de donde habíamos partido y con la Gallega anunciando “atención, la ruta está clausurada” o algo por el estilo.  A ver…pedazo de pelotuda…¿no podrás recalcular otra ruta?  ¿Tantas vueltas para que me digas lo mismo?  Y antes de irnos a otra parte a disfrutar de la tarde, nos arriesgamos a pedir indicaciones…quizás la niña que está en un puesto de madera en medio del cruce de las rutas sepa cómo demonios ir al parque de los lobos y además nos los pueda explicar en inglés… ja ja ja ja podemos darnos el lujo de exigir eso…y por suerte obtuvimos lo que esperábamos.  La niña nos explicó bastante bien, de la rotonda, la tercera salida y seguir derecho hasta pasar la montaña.  Era así. 

Cálmense lobitos, ya llegamos para darles la leche con mamaderas, a pasear cachorros, a bañarlos y darles las galletitas que compraremos en el parque donde nos  estarán esperando con las manos y las patas abiertas.  ¡Seguramente vamos a ver al tátara, tátara, tátara,  tátara, tátara, tátara, tátaranieto de la loba que amamantó a Rómulo y Remo! O quizás encontremos al primo del abuelo del tío del lobo feroz que se comió a Caperucita!  Quién sabe…

Pará Estrellita, ¿se te subió el salmón a la cabeza? Menos mal que mis hipótesis no las compartí con la familia en ese entonces, porque quizás hubieran cambiado el rumbo al hospital psiquiátrico…
¡Qué galletitas ni ocho cuartos!  Nos encontramos con un bosque a excepción de los alambrados con miradores desde donde se podían apreciar a los lobos a una distancia más que prudente.  Deberíamos haber traído binoculares.  Las torres y los alambrados nos hicieron acordar a Parque Jurásico.  Nadie en la puerta…la entrada es gratuita.  No hay tienda de recuerdos, ni helados para comprar…así que, vayamos a ver a los lobos.

Además de parque de lobos es un circuito para caminar, hay mucha gente caminando por ahí. Y el otro detalle es que también va mucha gente con sus perritos a pasear.
Los primeros lobos que vimos eran blancos.  Y los que vimos desde la torre eran negros.  Mientras nos dirigíamos a la segunda torre para seguir nuestra excursión de pronto escuchamos los aullidos.  Diferentes manadas comunicándose . Y decir que eran las 4 de la tarde porque a la noche…el alambrado no me daría tanta seguridad.  Fueron unos 15 o 20 minutos de aullidos entre los árboles…casi sin distinguirlos.  Pensando que si no estuviéramos en el mirador, no sabríamos por donde vendrían.

Igualmente, sacamos unas fotos y grabamos unos aullidos.  Se me ocurre que quizás huelen (además de percibirnos a nosotros) a sus primos domesticados que pasean junto a sus dueños con un collar en el cuello.  En este caso, no sé si los perros disfrutan tanto el paseo… sabiendo que los lobos están del otro lado del alambrado.

Casi cuando se termina el parque, hay un puesto con una sombrilla donde compramos unas postales de lobos.  Por último, tratamos de ver a los lobos de Siberia pero no hubo caso…hacía mucho calor y los animalitos trataban de estar lo más frescos posibles.  Eso significa, estar a la sombra de un árbol, arbusto o lo que fuera.  Era muy difícil verlos así.

Saliendo del parque, uno de los lobos (uno bien oscuro) estuvo mucho tiempo mirando a los visitantes.  Nos dejó sacarle fotos, y después se marchó nuevamente tan silencioso como cuando llegó.

Germán  se fue contento porque encontramos el parque, yo me fui contenta porque compré postales, las nenas contentas porque vieron los lobos y todos jugamos en el bosque donde los lobos están.











Vianden, Luxemburg

Vianden
5 de agosto de 2012
Domingo…´ya tiene otro sabor. Me pregunto qué piedra vieja habré de ver hoy. O qué iglesia reconstruida y adornada con formas caprichosas conoceré.  
A la deriva tecnológica y comunicativa como estamos, nos dirigimos a Vianden.  Un pueblo, que según Germán, tiene un castillo y un museo de Víctor Hugo.  Apenas imprimió un mapa en el trabajo (el ingeniero trabaja, no puede hacer de investigador turístico) y nos dirigimos hasta allá, cruzando 110 kilómetros de rutas alemanas, para pasar a Luxemburgo un par de kilómetros más.  Tomamos varias autopistas y rutas.  Muchos tramos en reparación.  Pero hay tantas conexiones entre rutas para ir a tantos lados y muchos “bucles” (¿se dirá así? ¿O rulos?) en las carreteras que sin el GPS sería dificilísimo llegar a donde uno quiere.  O tal vez, con un buen mapa de las rutas… llegaríamos (4 horas más tarde de lo previsto quizás) igual.
Curvas muy cerradas, curvas más cerradas en bajadas pronunciadas…sin límite de velocidad.  Y Germán se preguntaba, ¿cómo es posible que no diga “máximo 30”?.  Yo le digo…va por tu cuenta, es  responsabilidad de cada uno.  Es difícil de entender, que acá uno se cuida a sí mismo, para cuidar a los demás.  
Hasta que finalmente, vimos el  nombre del “pueblito” en los hoteles y otros lugares.  Era la certeza de llegar al lugar indicado por el GPS.  ¡No piensen que le creemos todo lo que dice al pie de la letra!  A veces se tilda y dice (en medio de la autopista) “de media vuelta, si es posible”… y uno se queda preocupado, pensando si la gallega que habla sólo le pidieron que prestara la voz o quizás también participó de la programación del aparatito.

Estacionamos al lado del cementerio, y le sacamos fotos porque los trabajos en piedra que se veían eran impresionantes.  Luego, subimos por un sendero hasta llegar al dique.  Este pueblo también  descansa sobre el  río Our.  Aunque nos dimos cuenta que llegamos a la punta del pueblo, por lo que retrocedimos y nos fuimos caminando hacia la oficina de turismo.  Donde nos armamos de un mapa con puntos turísticos y otra monedita para mi colección.
Apenas llegamos nos dimos cuenta que nuestra visita daba para más que un castillo y un museo.  Sobre todo, cuando se nos cruzó un juglar…Sí, un juglar, una loca vestida en terciopelos y bordados de un escudo de armas familiar y otros marcianos.  ¿Viajamos a la Edad Media?  No Estrellita… no era tan empinada la curva, seguís en esta dimensión.  Llegamos para el último día de la feria medieval.  ¡Otra feria!


¿La gente del pueblo se vistió como en el siglo X, XI, XIV? Y otra vez, puestitos en la plaza pero con un toque de otra época.  Elipsis en frascos antiguos, medallones, espadas de madera, hachas…de madera también, cuchillos.  Un lugar donde podías ver cómo se manejaba el vidrio en aquella época, también como se hacían sogas.  ¡Tenemos fotos con una bruja!  (Es decir, otra bruja… generalmente me gusta usar la ropa acorde a la época en que vivo, sino me siento más vieja je je). Desde temprano, preparan sus puestos.  En uno, se puede ver como una mujer corta frutillas, para agregar a unos wafles (son rectangulares) con crema.  Es un postre muy común por aquí.  También se ve como ponen a punto los sartenes para los famosos crêpes.  También había aves… búhos, halcones, águilas… y gatos de bruja.
Antes de continuar, debimos hacer una parada obligatoria para llenar nuestros estómagos.  ¡Bah! No tan llenos porque después cuesta caminar.  Paramos en un pequeño local con dos mesas en la vereda… que no decía nada, de precios baratitos… y nos metimos.  Tomando en cuenta nuestras experiencias anteriores, el menú fue: pizza de salami y dos porciones de papas fritas.  Sin lugar a exageraciones, de las mejores que probamos hasta ahora… ¡las dos cosas!  No dejamos ni la muestra.

Pero esto no es un relato culinario…sigamos adelante.  Y llegamos a una iglesia la “Trinitarierkirche”  antes de entrar, nos asomamos al jardín que no estaba abierto al público pero sacamos una foto desde la ventana.





Nos encontramos con la majestuosidad hecha fe.  Simplemente maravillosas, las esculturas de relatos bíblicos. Acá, no hay palabras…tiene que ver la foto.  Y es una iglesia chica, en comparación con las catedrales que vimos, sin embargo esta, estaba iluminada.  Tenía algo diferente, la luz es belleza o embellece más lo bello. Al costado de la nave principal, había una tumba de una mujer…una virgen.




Y poquito a poco, emprendimos la subida, sacando fotos a los monumentos que se nos atravesaban.  Para llegar con cierta agitación,  al castillo: “Château de Vianden”.

Y por supuesto que la visita no es gratis…€ 7 los adultos y unos euros menos los niños para disfrutar de… ¿la feria persa? ¡Ah! El salón de los caballeros y la sala de armas estaba abocada al comercio medieval.  Ya desde los pasillos que rodean la fortificación, había más puestos de venta de “baratijas del medio evo” que no sirven ahora, y supongo que tampoco servían en su tiempo.  Y ahí le dije a mi esposo…ellos también tienen que comer, está dura la mano.  De a ratos, se escuchaba música de aquella época, con flautas y otros elementos de percusión. Y movidos por la gente, íbamos pasando de una habitación a otra, observando y tomando una vaga idea de lo hubiera sido vivir ahí seiscientos años atrás.



Afortunadamente, los puestos con artesanías (¿de la China medieval?) no ocupaban todas las instalaciones y pudimos ver, el escenario de lo que alguna vez fue una cocina, y también el comedor con sus sillas de madera y revestidas en tela pesada y color fuerte.  También un dormitorio, con su cama envuelta en cortinas y un hogar de 3 o 4 metros de ancho…como para darse cuenta de lo duro y trabajoso que sería calentar este lugar en el invierno.
Otro comedor, con su mesa en madera oscura casi negra… ¿15 metros de largo tendría? La araña de velas pendiendo en la habitación y antiguas alfombras de siglos posteriores (posteriores a la Edad Media, quiero decir) combinan la escena mezclando siglos y realidades.


En medio de la excursión, vimos una demostración de halcones y búhos adiestrados para la caza. Y llegamos a arriba de todo, donde explican cómo se construyó el castillo desde el 900 en la época de los romanos hasta el siglo XVII dando por finalizada su construcción y ampliación. Para ser destruido casi por completo en la Segunda Guerra Mundial.   Y ahora me explico lo de la feria… ¿cómo siguió la historia?  Sucede que en la década del setenta del siglo XX, el pueblo se puso de acuerdo para restaurar el castillo y los trabajos llevaron alrededor de 25 años.  Además de restaurar los muros, se colocaron todos los techos.  Es el principal atractivo del pueblo y la imagen de las postales.  No sé cuánto es el ingreso que genera el castillo, pero gran parte de sus cafés, restaurantes y hoteles dependen de este coloso gris y de alguna manera, sigue siendo el centinela del lugar.




En la parte subterránea hay una taberna…iluminada por candelabros y velas, la gente toma cerveza en mesas largas de madera o sobre los barriles.  Por supuesto que también hay carne para hacer sándwiches y los wafles de postre.  El olor a levadura te voltea cuando bajas las escaleras. El clima es espeso y el dorado del fuego tiñe la piedra gris.
Desde este punto…continuamos la travesía sin fotos, porque la cámara nueva, nuevita…Nikon se quedó sin baterías. Germán estaba más que ofuscado. 
Con el castillo a nuestras espaldas, nos dirigimos a lo que fue la fortificación, algo así como las ruinas de un murallón a un costado de la ciudad.  Lamentablemente erramos el camino y tomamos un sendero paralelo.  Se escuchaba la música del castillo todavía y nosotros caminábamos mitad puteando, mitad tomando aire…hasta llegar a un estacionamiento…el más alto diría yo.  Y en medio de la resignación por saber que deberíamos bajar de ahí, para atravesar todo el pueblo otra vez,  nos encontramos con un monumento conmemorando (y agradeciendo) al cuerpo de ingenieros 1255 perteneciente a la sexta brigada de caballería norteamericano quien liberó definitivamente a la ciudad en la Segunda Guerra Mundial.  Ahí estaba la bandera de USA perpetuada en  hierros y  marcas de estrellas.  Debajo, una placa con los nombres de los soldados y plantas con flores.  Sencillo, humilde y emotivo.  También había fotos de cuando entraron los tanques a la ciudad; las casas no habían corrido suerte diferente  a la del castillo…todo era una ruina. 
Dejamos el monumento, para cruzarnos medio pueblo y llegar finalmente al teleférico.  Estrellita quería subir hasta arriba y comer torta y tomar café. El clima se estaba empezando a enfriar, incluso comenzó a llover amenazando nuestra empresa. Pero era una nube pasajera, sólo esperamos un ratito y compramos los boletos.  La vista era preciosa… ¡y nosotros sin cámara! No voy a escribir todas las veces que dijimos esa frase…ni todas las puteadas dirigidas al aparato.
Al llegar no encontramos mucho…excepto senderos para seguir caminando.  Preferimos ir a comer el postre. Mientras me comía la selva negra y mi submarino (el café que elegí, resultó ser un submarino, ¡ups!) veía el pueblo a lo lejos, tan tranquilo y gentil.  También pensaba en lo que me dolerían las piernas durante la semana… ¡es que todo está subiendo o bajando! ¡O cuesta arriba o cuesta abajo! Y encima nos perdimos, por lo que tenemos unas colinas de más en nuestro “pasómetro”. 
Emprendiendo la bajada, vemos gente jugando en el mini golf, casa con jardines floridos, el río…paz.
Nos quedaba un lugar al que queríamos ir, y lamentablemente cerró a las 5.  No sabía que el museo de Víctor Hugo cerraba a las 5! Buaaaa, buaaaaaa.  Eran las 5.30 horas.
Volvimos al cementerio…es decir, al estacionamiento del cementerio aunque Sara y Paula todavía tenían ganas de subir más colinas y meterse por senderos  poco transitados.  Evidentemente no han oído hablar de Caperucita Roja…en fin.  La lluvia hizo lo propio y largó un chaparrón tan fuerte que desistieron de la idea (menos mal).
El día alcanzó para casi todo, y ya emprendemos la vuelta a casa.  Todavía falta una hora y media de curvas y contra curvas.